experimental rock / math rock / instrumental
 Battles

CRÓNICA

Battles
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16 de Septiembre de 2016 por Ana Madrigal Sala Box, Sevilla 716 lecturas

Parecía que los seguidores sevillanos de Battles estábamos de enhorabuena cuando el Espacio Box anunció en pleno verano la visita de los neoyorkinos a nuestra ciudad, por primera vez en más de una década (o casi una década, teniendo en cuenta que el impulso definitivo tras varios EPs se lo dio en 2007 su ‘puesta de largo’, el fantástico “Mirrored”). En efecto, habían pasado varias veces por España, pero el sur ni rozarlo: Madrid, Barcelona, Bilbao.

Sin embargo, varios factores presagiaban que el encuentro no iba a ser precisamente un éxito rotundo, y no quiero entrar en que en Sevilla no terminan de calar las propuestas más vanguardistas o experimentales, como lo es una de las bandas más aclamadas del sello inglés Warp Records.

Battles © Ana MadrigalEmpezando por la elección del sitio, que coincidía con el promotor. El Espacio Box es uno de de los pabellones de la Exposición Universal del 92 remodelado, y su auditorio cuenta con una distribución, tamaño y sonorización suficiente para espectáculos musicales de cierto calibre. Pero no todos los conciertos se disfrutan igual sentados que de pie, y en Box el medio millar de aforo corresponde a butacas numeradas. Algo más adecuado a mi parecer para otros géneros más tranquilos o que no “piden” movimiento, que para un concierto del rock cool y fácilmente bailable que hacen Battles. Por esta sala han pasado o pasarán también Michael Nyman, Astor Piazzola y músicos de jazz, entre otros.

El precio, algo excesivo podría decirse, teniendo en cuenta la ausencia de banda acompañante y el ser una formación no demasiado conocida fuera de los círculos indies -en esencia instrumental, además-: rondando los 25€ anticipada y cerca de 30 en taquilla.

Por último, el evento coincidió en fecha con la actuación de El Guincho en un espacio en alza de la escena musical sevillana: la Sala X, a sólo un par de kilómetros de Box. Y me explico: aunque El Guincho tiene un formato muy diferente, como productor y dj, es posible que comparta buena parte del público aficionado a los ritmos de evocación tropical que Battles abrazaron con decisión en el segundo largo, “Gloss Drop”, y han seguido presentes en su lanzamiento del año pasado, “La Di Da Di”. En definitiva, dos conciertos propicios para bailar y acaso posturear haciéndose la competencia.

A veces prefiero no tener razón, pero me parece que acerté, por lo menos en parte: a duras penas la sala consiguió llenarse a la mitad, e incluso el propio grupo comentó algo al respecto en un momento determinado de la actuación: “esto me recuerda a nuestros inicios, cuando tocamos en una sala medio vacía”, dijo el guitarrista y ¿líder? Ian Williams -antiguo miembro de los buenísimos math rockers Don Caballero- en uno de sus alardes comunicativos pero sin mucho entusiasmo. Me da que éstos a Sevilla no vuelven.

Battles © Ana MadrigalComenzó el espectáculo, como viene siendo habitual en ellos, con el escenario inerte y un loop de guitarra+teclado que en realidad era el inicio extendido de “Dot Com”, uno de los puntos fuertes del último disco (¿guiño al controvertido dueño del site antes conocido como Megaupload?). A continuación, desfile de los tres músicos y toma de sus respectivos instrumentos: batería en el caso de John Stanier –ex miembro de Helmet y en activo en Tomahawk, uno de los proyectos más consolidados de Mike patton; no es de extrañar que para más de uno este baterista fuera el principal acicate para acudir a la cita en Box-, y guitarra, teclado, bajo y nutridas pedaleras de efectos en el caso de los otros dos Battles. El sonido y ensamblaje fueron más que correctos a oídos de fuera, sin embargo a ellos se les pudo ver incómodos y haciendo señas a los técnicos en varias ocasiones casi desde el principio. Parece que sus niveles de exigencia no fueron cubiertos o, lo que es aún más probable, no se escuchaban bien a sí mismos, hasta el punto de llegar a cortar alguna canción más adelante.

Siguió “Ice Cream”, el sencillo de “Gloss Drop” y quizá el tema más reconocible del disco, con ese tal Matías Aguayo grabado hablando de un helado derritiéndose… ¡Bien, aún estábamos arañando los últimos días del verano! Y nuevamente fue un acierto que la audiencia recibió gustosa, a juzgar por sus caras y movimientos.

A continuación tocaron un variadito entre sus dos últimos largos y su último EP (incluyendo “FF Bada”, “Futura” y “B+T”) que me resultó más bien anodino e irregular salvo ciertos momentos. Pero entonces, afortunadamente recurrieron a la baza definitiva, el tema quizá más laureado de su carrera (y probablemente me escupirían de leer esto, porque lo compusieron desde la formación primigenia, con ese marciano genial llamado Tyondai Braxton inundado de cacharrerío musical de amplio pelaje que también aportaba voces moduladas tipo animación retro). Me refiero a “Atlas”, que obligó a buena parte de los asistentes a levantarse de sus asientos y menear alegremente las caderas en el espacio constreñido. Sin embargo, en esta ocasión no estuvieron bien sincronizados los samplers de voz con el resto de la instrumentación, comprometiendo el ritmo en los momentos más explosivos. Eso me llegó a irritar bastante aunque es posible que la mayoría del público no lo percibiera de forma tan fatalista.

Battles © Ana MadrigalComo también viene siendo habitual en Battles, en ese punto Stanier llevaba ya un rato en trance dándole duro a la batería y sudado perdido. Apenas desconectó, y me dio la impresión, muy subjetiva, recalco, de que le cortaban un poco el rollo los monólogos puntuales del guitarrista. De hecho, al igual que pensé cuando vi al grupo en Oporto antes del verano, su entrega parecía algo descompensada sobre los otros dos músicos. Si había un solo prolongado, ése era de batería. Hasta llegó a quedarse solo en el escenario al final, cosa que también había pasado en el Primavera Sound. ¿Trámite previsible? No detecté mucha interacción entre ellos, o están a otro nivel de interacción que implica interpretar en el escenario prácticamente como si se estuviera solo.

A los 40-45 minutos de iniciado el espectáculo hicieron el típico amago de irse para volver con un par de bises, incluyendo “Summer Simmer” (definitivamente son banda sonora de verano), y aunque el ánimo general no decayó en exceso, yo continué sin ver, que diga escuchar, nada particularmente redondo. Williams seguía protestando por el sonido, aunque hay que decir que cuando tocaba y bailaba a la vez era una delicia audiovisual, con sacudidas al son de los ritmos sincopados que le hacían parecer de goma, adornando el cuadro unas zapatillas naranja fluorescente.

El concierto duró una hora aproximadamente, y me dejó con ganas de más, sobre todo de resarcirme de todos los ‘pero’ que había ido acumulando. Al final me queda la sensación de haber visto a unos músicos excepcionales que, por limitaciones del lugar o por tedio o por haber perdido la facultad de sorprender, no explotan todo su potencial. Por lo menos con respecto a las expectativas que generan en estudio, que sí se cubrieron mejor cuando pude verlos al aire libre. Battles han descendido un montón de puestos en mi escalafón de bandas extranjeras favoritas (desde el top 10 a lo mejor) y dudo que recupere la fe fácilmente. Cosas que pasan, aunque esta vez sí espero equivocarme.

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