CRÓNICA

Apostasia Baeticae 2019
Grabak, Rebel Souls, Hate Legions
08 de Junio de 2019 por César Aguilar Sala Theatro (Málaga) 700 lecturas

De un tiempo a esta parte el centro histórico de esta ciudad ha vuelto a ser un lugar de interés para los melómanos que gustan de la música en vivo. Tras el erial en que se convirtió con el cierre de la sala Velvet (que, afortunadamente, reabrió sus puertas hace unos meses en otro emplazamiento), el trabajo del colectivo La Mano en la Sala Theatro ha venido a llenar un hueco necesario en una urbe a cuyos dirigentes se les llena la boca hablando de cultura, pero en la que a la hora de la verdad (casi) todo son museos, ferias y semanas santas. Con una encomiable apertura de miras, hace poco más de medio año que el colectivo empezó a programar artistas en vivo de todo tipo y pelaje con la calidad como denominador común, y en esta ocasión nos traían a tres bandas que practican estilos muy caros de ver por estos lares como son el black y el death metal. Y, vista la buena entrada que registró la sala, esperamos que tomen nota y se produzcan más eventos de características similares.

A las 20:30, con la parafernalia propia del género desplegada en el escenario –micros adornados con cráneos de vaca y rodeados de cadenas, velas en el suelo, corpsepaint–, el cuarteto sevillano Hate Legions fue el encargado de abrir fuego con su black metal furioso no exento de melodía y leves pinceladas de death. Repasaron casi en su totalidad su reciente tercer álbum, el muy recomendable “XI DOMINI DE CHAOS” (Metal Bastard Enterprises, 2018), un trabajo que en su momento pasó completamente bajo mi radar y ahora estoy disfrutando como se merece. Empezaron a toda máquina con “Princeps Abyssum Irent”, tema que abre el álbum y, como si de una misa negra se tratara, continuaron (o al menos eso intentaron) en su estricto orden. Los riffs atronaban, llenos de sentimiento, melodía y épica, con Lord Tyrant (guitarra) y Kayn (bajo) turnándose a las voces y un Urchail pletórico que se afanaba en unos blast beats clavados y ultra potentes. Es cierto que casi todos sus temas se basan en ritmos rapidísimos, pero tienen recursos y tablas para dar y regalar, así que en las partes a medio tiempo salieron igualmente triunfantes. En “Venenum Dei”, por ejemplo, sacaron a relucir el sabor añejo y ritualista de, pongamos, unos Rotting Christ en sus días de gloria.

Un inciso necesario: el sonido, perfecto, nítido y potente del que disfrutaron Hate Legions se mantuvo a lo largo de toda la noche, con lo complicado que debe de ser sonorizar a bandas tan extremas, y más en un local de pequeño aforo que en realidad no nació con la vocación de convertirse en sala de conciertos. Es un auténtico lujo que una sala cuente entre su staff con dos técnicos tan cualificados como Fran Corpas (productor, entre otros, de Elephant Riders y Verdugo) y Gonzalo Presa (guitarrista de Kermit), capaces de ecualizar a la perfección a cualquier artista que se suba al escenario.

Siguieron cayendo composiciones como “Qui Adorat Lucis Absentia” (con su riff tan Dissection), “Dominus de Origiis” o “Magna Mater Tenebris”, todas más que notables. Los casi cien apóstatas que nos acercamos a ver el show premiamos los esfuerzos, la seriedad y el oficio de los sevillanos. Se notaba que la banda estaba muy a gusto, y aunque el final previsto era “Ignis Sacrificium”, uno de los momentos más destacados de su última obra, no pudo ser: el horario de cierre de la sala es más o menos estricto y había dos conciertos por delante, así que se despidieron con “Praeses Senatus Daemoniorum” y, ciertamente, dejaron ganas de más.

Los locales Rebel Souls se presentaron una vez más en formato trío –Thomas Plewnia, guitarrista y miembro fundador, reside en Alemania y solo puede atender fechas muy determinadas–, pero se bastaron y se sobraron para rematar un concierto tremendo, sólido y sin altibajos, pleno de death metal old school del de verdad, sin trampa ni cartón. Stefan Hielscher (voz, bajo), alma del grupo, contó para la ocasión con sus habituales Álex Guerrero (guitarra, voz) y Arnau Martí (batería), dos excelentes músicos con los que a base de bolos ya comparte una química evidente. Empezaron a degüello con “Decay of a God” y uno tras otro, en desorden, eso sí, interpretaron todos los cortes de su fantástico debut “The Forces of Darkness” (Art Gates Records, 2017) excepto, lástima, “Acrimony”, uno de mis favoritos. No obstante, en el seno de un álbum tan exento de grasa como este, en el que todos son, por una u otra razón, favoritos, la ausencia de cualquiera de ellos hubiera sido igualmente dolorosa.

A medida que se sucedían los temas, Stefan se crecía. Álex (también en los torremolinenses Krypticy) suplía con pericia a Thomas y Arnau (titular en los blackers valencianos Noctem) estuvo perfecto: poco o nada tiene que envidiarle a ese James Stewart (Vader) que grabó las sesiones de “The Forces of Darkness”. Intercaladas en el set, presentaron dos canciones nuevas, “Three Thousand Screams” y una “Nihil Infinitum” que ya viene rodada de alguna gira anterior y sonó de vicio. Ambas bajan el pistón respecto a anteriores composiciones, sobre todo la primera, pero siguen incidiendo con acierto en esa vena old school que aúna alma y riffs pegadizos, y certifican la capacidad del grupo para construir ritmos y melodías que se quedan grabadas a fuego en las meninges. Con “Rapture”, la versión del clásico de Morbid Angel, llegó el momento para mostrar una de sus claras influencias y, de paso, lograron calentar aún más a un público bastante entregado. No fue de extrañar que a la altura de “Doomsday” ya se hubieran desatado los pogos, que continuaron en una celebrada “Zombie Ritual” (de los Death cavernícolas de “Scream Bloody Gore”) con la que pusieron punto y final a un concierto que se registró en formato audiovisual y del que en el futuro saldrá a la luz un videoclip. El único pero que me atrevo a ponerles es que la voz de Stefan podía haber estado un poco más alta en la mezcla. Por lo demás, su actuación fue de 10.

A pesar de ser unos desconocidos en estas tierras, más de veinte años de carrera contemplan al ahora quinteto germano Grabak. No en vano “Bloodline Divine” (Massacre, 2017) es ya su sexto trabajo, que vinieron a presentar con una formación solvente capitaneada por el vocalista J. K., en el que, aparte del mencionado frontman, cabía destacar (al menos visualmente) a un encapuchado, inmóvil y hierático bajista al que, lo confieso, era bastante difícil sostenerle la mirada.

«We are germans, but we don’t bite», soltó J. K. para tratar de vencer la frialdad inicial del público, que había reculado unos metros tras el recital de Rebel Souls. Y, bien por él, la arenga tuvo éxito. Su descarga fue correcta y solo se salieron una vez del guión que marcaba “Bloodline Divine” –concretamente con “Nightworks”, del CD “Agash Daeva” (2007)–. “Via Dolorosa” y “S.T.U.K.A.” abrieron fuego con acierto e intensidad. Blackers de pura cepa pero un poco menos practicantes de la religión del blast beat que sus compañeros Hate Legions, Grabak tienen en su haber sólidas y entretenidas composiciones que quedan algo lastradas por remitir a demasiadas bandas clásicas del género, léase Dissection, Marduk, Sacramentum y demás luminarias de la escuela sueca. Eso sí, no puede achacárseles que en vivo no las defiendan con brío y convicción y, por lo tanto, su show resultó compensado y disfrutable.

En el tramo final cayeron mis favoritas del trabajo, las extensas y atmosféricas “Oblivion” y “Bloodline Divine” y el single a medio tiempo “Phoenix”. Hubo tiempo para un bis con “Apostate”, pero a esas alturas el respetable estaba rendido y fue imposible sacar otro pogo del asunto. En conjunto fue una noche memorable y me atrevería a decir que tanto los músicos como los asistentes salieron de la Theatro más que satisfechos.


Fotos: Raúl Muñoz

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