CRÓNICA

AMFest 2022
Godspeed You! Black Emperor, Deafheaven, Cult of Luna, Caspian, Lingua Ignota
06 de Octubre de 2022 por Israel Higuera La Farga de L'Hospitalet 605 lecturas

Aquel domingo 13 de octubre de 2019, el AMFest cerró sus puertas mientras por mi cabeza solo revoloteaba una idea: que si alguna vez en mi vida volvía a un festival, ese sería otro AMFest. Tres años después, con una pandemia de por medio cuyas consecuencias vamos dejando por fin atrás, el festival de música incómoda de Barcelona volvía a su formato pre-COVID con un cartel que parecía querer recuperar el tiempo perdido. Y yo, fiel a mi convicción, allí que me presenté, esta vez en L'Hospitalet.

 
 

Me presenté, sí, pero tarde. La fatalidad quiso que la mañana de jueves que tenía reservada para viajar hasta la ciudad condal fuera un supercúmulo de desastres que culminó cuando, en el control de entrada al tren, me dijeron que ya había cerrado sus puertas y que me dejaba en tierra. Dos minutos después del cierre, tres minutos antes de su partida, me senté en el suelo tratando de encajar el hecho de que el tren se encontraba ahí abajo, parado en la vía, y que no me dejarían subirme pese a que todavía no se había marchado. Señor Ouigo, si me estás leyendo: que te den.

Traté de recomponerme buscando alguna alternativa que me permitiera llegar a Barcelona antes de que comenzaran los conciertos, lo cual se demostró imposible de inmediato, o al menos antes de que acabaran, lo que también resultó ser bastante peliagudo por el absurdo desembolso que me habría tocado asumir. Así las cosas, decidí quedarme en Madrid descansando y emprender el viaje a la mañana siguiente. Me quedé sin conocer las propuestas de Irist y Nara Is Neus, a quienes nunca he tenido el gusto de escuchar, y sin ver cómo las gastan en directo tres bandas de renombre como Pallbearer, Oranssi Pazuzu y Elder. Y lo que es más grave aún: os quedáis sin saber mi importantísima opinión al respecto.

Una mañana de viernes menos accidentada que la anterior me permitió llegar en hora a la cita que tenía con un conductor de BlaBlaCar, la opción más rápida y barata que encontré para llegar a mi destino. El joven, monitor de Muay-Thai de profesión, tardó cinco minutos en descubrirse como convencido antivacunas, así que la tripulación de aquel BMW oscuro la formaban un señor conspiranoico capaz de partirte el cuello de un golpe al volante, un periodista de laSexta (a cuya revelación el piloto respondió con un sincero "¡qué cabrón!") a su lado y dos jóvenes enfermeras de camino a un concierto de Pablo Alborán en el asiento de atrás que decidieron, imagino que ante el peligro de quedarse tiradas en la primera estación de servicio, renunciar a convencer a nuestro timonel de lo equivocado de su planteamiento. Contra todo pronóstico, la civilización se impuso y dedicamos las más de seis horas de viaje a escuchar distraídamente en silencio todos los últimos éxitos de Ozuna, Camilo, Wisin y demás purria. Lo que la música ha unido...

Con algo de apuro pude, al fin, poner mis pies en el nuevo recinto del festival, La Farga de L'Hospitalet. Tenía mis dudas de que pudiera ser un espacio tan adecuado para la celebración de un AMFest como Fabra i Coats, su anterior ubicación, pero se disiparon inmediatamente. Una amplia nave con dos escenarios en las dos esquinas del fondo y el principal en el centro de la pared opuesta. Barras a ambos lados, un espacio para food trucks y otros dos para sentarse, nada que objetar. Un acompañante me advirtió sobre el "olor a fritanga" con el que las cocinas de los food trucks impregnaban el aire en las inmediaciones del escenario 2, pero como uno es fumador tampoco es que me afectara lo más mínimo. Ventajas...

Precisamente en el escenario de la fritanga comenzaría la música a sonar gracias al trío francés Birds In Row en un concierto condicionado por varios factores. El primero, obviamente, la hora: las cuatro de la tarde se prestan más a una siesta que a una descarga de hardcore y no dejaba de ser un poco raro ver a esos tres tíos descoyuntándose y desgañitándose a plena luz del día. El segundo, que dedicaron la escasa media hora a presentar su nuevo álbum, 'Gris Klein', que salía una semana después. Y, si bien fue un buen concierto, el hecho de que el público (ya bastante numeroso desde primera hora) no conociera las canciones de antemano impidió que el ambiente se caldeara como requiere un bolo como este.

Pasamos al escenario 3 para conocer la propuesta de la primera one-woman band del día (y segunda del festival tras Nara Is Neus la tarde anterior), Lili Refrain. Carismática y cercana, la italiana brilló a la hora de construir mediante loopings largas composiciones de tono entre gótico y progresivo. Apoyada exclusivamente en su voz, una guitarra y un enorme tambor, el aura de aquelarre brujeril potenciado por su imagen me ganó por la muralla sonora que era capaz de crear mediante sus cachivaches, pero también por el buen humor y el entusiasmo que mostraba en cada uno de sus gestos. Gran descubrimiento.

Al llegar al escenario principal para ver a los neerlandeses GGGOLDDD tuve una revelación: ¡pero si yo a esta mujer la conozco! Asombrado por el reencuentro y por mi memoria, reconocí en Milena Eva a la misma cantante que había visto allá por 2016 teloneando a Converge con la banda, entonces llamada simplemente GOLD. Me contaron sobre la marcha que una serie de problemas internos desembocaron en el abandono de varios miembros y el cambio de nombre. Lo cierto es que me han gustado más esta vez que aquella, cuando hacían lo que yo interpreté como una especie de doom al que la voz de Milena no le pegaba mucho. Ahora, con un estilo más cercano al rock gótico y el apoyo de componentes electrónicos, las piezas parecían encajar mejor y el suyo fue un concierto sobrio pero entretenido en el que la vocalista se lució como de costumbre. 

Si la popularidad de una banda se mide por la cantidad de gente que lleva camisetas suyas en un festival, los británicos Svalbard deben de estar ahora mismo en la cresta de la ola. He de mencionar que esto se debe en buena medida a los atractivos diseños que lucen, lo que me lleva a una reflexión: el merchandising de muchos grupos deja bastante que desear. Yo, que llevaba la cartera preparada para dejarme un buen dinero en ello aprovechando la ocasión, acabé agenciándome una camiseta del AMFest de 2017 el último día. Escasos diseños y la mayoría bastante descafeinados o directamente feos me disuadieron de hacer el agujero de mi bolsillo aún más ancho. Bandas, por favor: si vais a hacer ropa, tened en cuenta que la gente lo que hace con ella es ponérsela.

En cuanto a la música, la banda demostró por qué se han convertido en la sensación de los últimos años en el panorama hardcore. Su estilo, una especie de metalcore ennegrecido, aporta un soplo de aire fresco a la escena y su sonido sobre el escenario no tiene rival. Una base rítmica intensa y apabullante, un vendaval de guitarreo que sobre la muralla sónica deja apreciar melodías y matices y la poderosa voz gutural de Serena Cherry, unida a su carisma natural, fueron los elementos con los que bordaron uno de los mejores conciertos del día.


Esto contrastó, y mucho, con lo que nos ofrecieron seguidamente Foxtails. Para mí, la mayor decepción del festival de este año. Y no porque esperara gran cosa de una banda que viene con un hype importante desde la publicación de 'Fawn', un álbum que a mí me dejó bastante frío pero que les ha cosechado una buena legión de seguidores. El concierto fue un pequeño desastre en el que su elemento diferencial, ese violín con el que adornan sus composiciones de emo gritón, se veía pero no se escuchaba. Lo que sí se oía perfectamente era una cacofonía de acoples que deslucían aún más unas canciones que a menudo parecían a medio terminar, pues no habían acabado de despegar cuando se acababan repentinamente. Y si eso ya destroza de por sí el ritmo de un concierto, las largas e innecesarias pausas entre los temas lo terminaron de rematar. Lo único positivo que rescato es el descubrimiento de Megan Cadena-Fernandez, un ser muy pequeñito que se hizo gigante sobre aquellas tablas. El bajo le quedaba grande, la ropa más todavía, pero el escenario le quedaba como un guante cuando gritaba o interactuaba con el público en perfecto castellano. Ojalá la música hubiera acompañado.

Los que sí van sobrados de música son los suecos que se subieron al principal justo después. Poco se puede decir ya de una banda que lleva 20 años en el olimpo del post-metal sacando discazos como si no costara. Cult of Luna llegaban con el partido ganado de antemano porque los que les conocemos sabemos que no fallan ni por casualidad. Y con razón. Durante la hora y algo que tuvieron no dejaron títere con cabeza gracias a un sonido aplastante que llenó hasta el último centímetro cúbico de aquella enorme nave. El setlist centrado en sus dos últimos álbumes no dejó a nadie insatisfecho. ¿Quién puede quejarse de que no toquen temas antiguos cuando todo lo que sacan vale su peso en oro?

Sin tiempo para asimilarlo, llegaba el turno de uno de los momentos más esperados del fin de semana. Diez años después, la organización consiguió al fin traerse a una de las bandas japonesas más exitosas de la última década. Lo de tricot fue especial también por otros motivos. No deja de ser curioso que Japón sea el país de los gatos y sus gentes nos provoquen el mismo efecto que los pequeños felinos: casi cualquier cosa que hagan nos parece simpática. Pero si además tienes como frontwoman a una persona tan 'kawaii' como Ikkyu Nakajima es imposible no acabar en su bolsillo. Si te las cruzaras por la calle no sabrías si están en una banda de rock o han abierto el primer salón de té de su pueblo y manejan un nivel de inglés que te hace preguntarte si las han descubierto en un karaoke esa misma tarde, pero la energía que desprenden estas tres chicas en el escenario saltando, gritando y pasándoselo bomba no tiene precio. Y lo mejor es que todo esto no es más que un añadido al pop-rock retorcido y matemático que ejecutan con maestría. Dicen que quieren volver el año que viene. Yo digo sí, por favor.

Pasa algo con Caspian que es digno de estudio: cómo puede ser que una banda cuyos discos son, como mucho, correctos se marque tales conciertos de antología sin despeinarse. Hijos de la segunda ola del post-rock, nunca han destacado por ser precisamente los más innovares y en general su música causa indiferencia. Pero cuando los tipos se suben al escenario se convierten en el mejor grupo del mundo en ese mismo instante. El sonido que son capaces de sacar en directo, una muralla sónica sin fisuras que puedo decir que tiene pocos o ningún rival en el panorama internacional, pero en la que se distinguen nítidamente todos los detalles y matices que enriqucen sus composiciones... Es muy difícil lo que hacen, y cada vez que les veo en vivo quedo epatado por la facilidad con que les sale. Una de esas bandas a las que no se puede juzgar sin haberles visto en directo. Conciertazo, como de costumbre.

Se acercaba el final de una larga jornada que, sobre el papel, era la más fuerte. Y baste para demostrarlo que el viernes fue el único día en el que todas las bandas y artistas presentados eran extranjeros. Incluso los que echaron el telón, unos Aiming for Enrike que desde Noruega nos trajeron una propuesta marciana a base de guitarra y batería que debo reconocer que me pareció bastante curiosa. Math-rock destartalado y excéntrico, podríamos decir, y mereció la pena irse tarde de La Farga para descubrir a este dúo.

El sábado por la mañana aproveché para darme una vuelta por El Gornal, cerca de Bellvitge, a ver qué se cocía en la zona donde me hospedaba. Me dejó la sensación de ser un agradable barrio popular con mucha vida por el día y muy poca por la noche. Siempre dan cierta sensación de inseguridad esos barrios poco iluminados y en los que escasean los negocios en las plantas bajas de los edificios, y reconozco que volver andando de noche era algo inquietante. De día era otra cosa: me gustó el carácter amable y alegre de los vecinos y se podía comer por muy poco dinero. Cosa distinta es el barrio que está justo al lado, donde está La Fira: un enorme complejo de modernos hoteles, inmensos espacios abiertos y numerosas zonas verdes. Tremendo contraste con solo cruzar una avenida.

De vuelta a La Farga, los vascos Arima se encargaron de abrir la jornada con su rock alternativo de tintes post-rockeros. Hicieron un concierto que fue de menos a más, en el que para mi gusto la voz de Paule Bilbao quedaba demasiado en segundo plano. Se notó que dejaron para el final sus mejores canciones y fue en esos instantes finales, con dos temas muy bien construidos a base de crescendos, cuando me convencieron de que debía empezar a seguirles de cerca.

Tenía muchas ganas de ver lo que Amaya López-Carromero, alias Maud the Moth, era capaz de hacer en vivo. La madrileña derrocha elegancia en el estudio, como demuestra su último disco 'Orphnē', pero no tenía claro cómo iba a trasladar al directo el delicado sonido de sus canciones. Como vimos hacer a otras mujeres durante el fin de semana, la respuesta estaba en los loops: los temas se construían sobre unos cuantos acordes de piano en bucle y bases programadas. Y encima de todo ello, una poderosa voz, la de Amaya, de estas que uno no se cansa nunca de escuchar. El mismo escenario que Lili Refrain había llenado de ruido y chamanismo 24 horas antes se convirtió en un lugar íntimo en el que escuchar en silencio esas notas que se te clavaban en el pecho. Al final se sentó frente al piano de cola que estaba allí desde el principio como el elefante de la habitación. Pero del piano hablaré más adelante, porque aquí lo que toca es decir que los temas nuevos que presentó a sus teclas nos dejaron en vilo.

Con el corazón en un puño llegamos al escenario principal para dar la bienvenida a unos viejos conocidos. Maybeshewill están de vuelta tras unos años de hiato y no puedo decir que sea un seguidor tan fiel de los británicos como cuando los vi por primera vez en una diminuta sala sevillana. La calidad de sus discos decrece, sus mejores temas datan del pleistoceno y los años de inactividad les han relegado a un rincón de mi corazón que al menos se calentó brevemente al sonar las notas de 'He Films the Clouds'. Técnicamente impecables, eso sí, pero me deja un sentimiento extraño pensar que todo lo que tiene que ofrecer una banda que debutó en 2008 es la nostalgia.

Con Ikarie volvíamos al producto patrio, esta vez con un despliegue de metal pesadísimo para el que reconozco que no tengo tanta paciencia como con otros estilos. A su directo no le puedo poner ningún pero, quién se atrevería sabiendo que esta gente lleva años pateando escenarios en otras bandas. Y que sonaron como un cañón os lo puedo jurar. Lo que pasa es que ese doom que gastan no es para mí, así que aproveché la coyuntura para cenar algo en la zona de la fritanga.

Escuché alguna queja respecto a los precios de la comida, pero sinceramente era injustificada. No era barato, pero en ningún momento me dio la sensación de que me estuvieran sablando y ya es decir teniendo en cuenta que hablamos de un festival de música. Puntos también para la organización porque las bebidas tenían un precio muy razonable. Y hablando de bebidas, una de las pocas cosas que me preocuparon cuando llegué el viernes fue el suelo del recinto, que daba por hecho que acabaría convertido en una superficie pegajosa en la que perder las zapatillas conforme pasaran las horas y se vertieran allí refrescos y cervezas. ¡Pero no! Todo porque un diligente personal de limpieza se encargaba de fregar la zona frente a los escenarios en cuanto mirábamos hacia otro lado. Bravo, de nuevo, por la organización.

De vuelta al escenario principal para ser testigos de uno de los conciertos que, a posteriori, marcarían el festival. Porque si bien es verdad que el cartel de este año ofrecía un menú de lo más ecléctico, lo que la sueca Anna von Hausswolff desplegó sobre el escenario no tuvo comparación. Acompañada por una banda de cuatro miembros, pero con todo el centro del escenario para ella sola, el suyo fue un concierto en el que hubo de todo: largos drones a tope de ruidera, minimalismo hipnótico, momentos para el lucimiento exclusivo de la portentosa voz protagonista y hasta un tema de puro pop-rock bailable digno de la diva más top del momento. Anna hace lo que quiere y lo hace todo bien. Y eso que el comienzo fue durillo, mientras sonaban las piezas más abstractas e inaccesibles. Pero en cuanto cogió ritmo aquello se convirtió en uno de los momentos álgidos de todo el fin de semana, un espectáculo de luz y sonido que me pilló totalmente desprevenido. Ama.

Como tampoco podía predecir que el concierto más divisivo de la edición de este año llegaría justo a continuación. De Lingua Ignota tampoco sabía muy bien qué esperar. Sus discos son tan difíciles de digerir como fascinantes y escucharlos es como mirar una escena gore: no quieres, pero en el fondo no puedes evitarlo. Me preguntaba cómo sería capaz de representar ella sola en el escenario todo eso y la respuesta no me gustó. Kristin Hayter salió con su micrófono a un escenario en el que solo había unas cuantas luces halógenas (que la cantante encendía, apagaba y movía de un lado a otro durante la actuación) y un piano de cola. Sí, el piano. Ha llegado el momento de hablar del elefante en la habitación.


Porque la mujer que tiene embelesado al sector con el oído más exigente y entrenado del underground internacional llevó prácticamente todo grabado. Lo que nos ofreció fue un karaoke; así quedaba liberada para representar su función perfectamente ensayada y coreografiada. Hayter interpretó sus temas desde las entrañas y ahí no se le puede reprochar nada. Y digo interpretó porque bordó su papel de persona rota corrompida por la depresión, el odio y la rabia. Fuera afinando, haciendo gorgoritos o gritando como una descosida, las notas que se retorcían en su garganta eran ciertamente escalofriantes. Solo se dirigió al público para despedirse. Tengo claro que su propuesta apela directamente a las emociones y que su teatral puesta en escena juega precisamente con la incomodidad que provocan su presencia y sus lamentos, y quizá me habría emocionado de empatizar más con una artista a la que, conste, respeto muchísimo.

Pero cada cual tiene su criterio sobre el arte, y a mí que hagas que la organización de un pequeño festival mueva cielo y tierra para que te traigan un piano de cola con el que planeas tocar dos míseros temas mientras llevas todo lo demás pregrabado... me molesta. Estoy seguro de que los organizadores lo hicieron encantados y con toda su ilusión y que les mereció la pena. Lo entiendo. Pero a mí me parece una actitud de diva que no me pega en absoluto con el personaje, porque de la persona poco puedo decir. Me consta que los ya conversos tuvieron una experiencia casi mística. Le corresponde al espectador neutral decidir si lo que vio allí fue una genialidad o un timo. Lo que yo vi fue una excentricidad que probablemente me habría hecho huir despavorido de no estar previamente familiarizado con la obra de la protagonista. Su propuesta trasciende lo musical y la potencia de su espectáculo recae en lo puramente performativo. Personalmente no lo disfruté, pero eso está bien porque el arte no tiene que gustar sino expresar y en ese sentido Lingua Ignota cumple su propósito hasta las últimas consecuencias.

Todavía con el susto metido en el cuerpo me acerqué a ver a los invitados de última hora. Con la baja de TWDY a pocos días del comienzo del festival, la organización estuvo ágil para cerrar a los franceses Celeste, un plan B que bien podría haber sido el plan A. Y vaya si estuvieron a la altura: su concierto fue megalítico y seguramente lo más cañero que vimos en todo el fin de semana. Por algo es una banda con un status poco menos que de leyenda en Europa. Mención especial a la tontería de salir con unas luces rojas en la frente, porque en el fondo me hizo gracia y su efecto entre la espesa nube de humo les quedó chulo.

También de Francia vino un hombre que está en todos los fregados metaleros del mundo pese a que su propuesta, a priori, no pinta nada allí. Pero Carpenter Brut es especial. Si, es electrónica. Sí, es bailable. Sí, te lo esperas antes en una rave que en un festival de música alternativa. Pero cuando ves a la misma gente que ha estado minutos antes dejándose las cervicales ante de una banda de metal extremo pegarse unos bailes al ritmo de los temas de este hombre lo entiendes todo. Es una fiesta, pero una fiesta un poco sádica y oscura. Y que los temas son pegadizos y un poco heavys a su manera. Con esto y muchas luces rojas no puedes fallar.

Si se podía decir que el viernes era el día más fuerte, es justo decir que el sábado fue el día más raro y eso sin contar la bizarrada que aún quedaba por ver. Za! se juntaron con 13 Year Cicada (una banda de Berlín de la que no tengo mucha más información) y las chicas de Tarta Relena para ofrecer un concierto indescriptible con coreografías, improvisaciones y locuras varias del que reconozco no recordar prácticamente nada más que la idea de que era un broche perfecto para la montaña rusa de sensaciones en la que se había convertido aquel sábado.

Al día siguiente, ya con solo unos pocos conciertos en el horizonte, iba siendo posible hacer balance de lo que había sido este AMFest 2022. Y sin ánimo de ser pelota, debo quitarme el sombrero una vez más ante la organización. Este año nos han regalado un cartel de auténtico lujo por el ya acostumbrado precio muy popular. Treinta conciertos sin solapes y sin retrasos en un recinto limpio y bien distribuido, con baños de sobra para los asistentes y con un personal servicial y diligente como pocos. Pensar que esto lo montan unos cuantos amigos con recursos limitados es una locura. Por estas razones se ha convertido en el arquetipo de lo que yo pienso que debe ser un festival de música, pero sobre todo porque mientras otros festivales traen bandas que eran buenas hace décadas, AMFest trae bandas que son buenas ahora. Nada de viejas glorias viviendo de rentas, aquí se escucha a lo mejor de la escena actual y eso no tiene precio.

Y esto lo digo incluso después de haber presenciado lo que Tashi Dorji hizo sobre el escenario principal a eso de las cuatro de la tarde del domingo. El amigo es de Bután y leí por ahí que se acercó al rock mientras vivía en Estados Unidos, pero ahora me pregunto si fue el rock el que se alejó de él en cuanto le vio aparecer. Armado únicamente con su guitarra eléctrica conectada a una pedalera, Tashi se puso a hacer lo que yo entendí como pruebas de sonido un rato y entonces se acabó el concierto. Quedé estupefacto. No tenía claro lo que acababa de ver. El hombre (con la mascarilla puesta a modo de portapapadas todo el rato, aunque luego se le vio por el recinto sin ella) pulsaba, rasgaba, estiraba las cuerdas de una forma que yo definiría como arbitraria. De cuando en cuando se agachaba para tocar cosas en la pedalera, ponía la guitarra del derecho, del revés, boca abajo... Pero me cuesta mucho decir que lo que hizo es música. Miré a mi alrededor para descubrir caras tan perplejas como la mía. Veo que Pitchfork le cascó un 8 a su último disco, así que seguro que el que no tiene ni idea soy yo.

Me recomendaron personalmente desde las cuentas oficiales del festival que no me perdiera a Midwife bajo ningún concepto. No es que tuviera planes de hacerlo, porque mi intención era ver a todas y cada una de las artistas. Ni que decir tiene que llegué al escenario 3 ansioso por ver qué era aquello tan alucinante que tenía que presenciar sí o sí y apareció Madeline Johnston, la mujer bajo el pseudónimo, con una guitarra eléctrica. Durante casi una hora encadenó una serie de largos y lánguidos temas entre el dream pop y el slowcore, todo muy shoegaze, sobre los que cantaba aterciopeladamente a través de un filtro. Como ya habían hecho antes otras bandas de una sola mujer, también ella hizo uso de los loops sobre los que pegaba algún que otro guitarrazo metalero. Y fue muy bonito, pero admito que me aburrí. Vuelvo a insistir: aquí el que no tiene ni idea soy yo.

Distinto fue lo de Slow Crush, que aunque también le pegan a todo lo que sea shoegaze y dream pop tienen un discurso bastante más inquieto y alegre. Vienen de Bélgica y, también como otras bandas en los días anteriores, tienen mucho que agradecerle a una frontwoman, Isa Holliday. Porque para quien no se haya dado cuenta a estas alturas, una de las cosas que hacen especial a este festival es el protagonismo de las mujeres. En la mitad de los todos conciertos del fin de semana había al menos una mujer sobre las tablas. ¿Cuotas? ¿Discriminación positiva? Cuentos chinos. Artistas emergentes o consolidadas, algunas de ellas estaban entre los mayores reclamos del festival y, a posteriori, protagonizaron muchos de los mejores momentos del fin de semana. No cuesta nada y quien no lo hace es porque no quiere: necesitamos más mujeres en los escenarios de los festivales.

Y de Slow Crush solo puedo decir cosas buenas porque su concierto tuvo ritmo y algunos buenos temas de ese post-rock guitarrero con voz femenina que yo compro sin pensarlo mucho, así que esta es otra de las bandas a las que pienso prestar atención en el futuro mientras descubro sus dos discos de estudio. De A. A. Williams sí había escuchado algunas canciones las semanas previas al festival, así que ya estaba sobre aviso del post-rock melancólico que practica con su banda. Por cierto, a las teclas se encontraba una cara familiar y era nada menos que Matthew Daly, al que habíamos visto el día anterior tocando con Maybeshewill. Sin grandes alardes y con un ritmo más bien pausado, fue un buen concierto que se me hizo un poco largo y eché de menos algún tema un poco más movido.

El morbo de esta edición lo ponían Deafheaven. Tocaron en este festival la última vez que acudí y se marcaron uno de los mejores conciertos aquella edición. Pero las cosas han cambiado mucho desde entonces. Más que nada porque el año pasado editaron 'Infinite Granite', un disco que rompe con su pasado black metal (aunque sigo defendiendo que estaban más cerca del screamo y el post-metal que del black) y nos muestra a una banda de shoegaze y dream pop que poco tiene que ver con lo que hacían antes. Cómo iban a defender en directo su nuevo material era la mayor incógnita que teníamos que resolver este fin de semana.

Y madre mía.

Hicieron difícil creer que esos eran los mismos tíos que se comieron el escenario principal en 2019. Los nuevos temas son tan anodinos en directo como en el disco. No fue del todo una sorpresa porque donde no hay mata no hay patata, pero ver a una banda así, sabiendo el bagaje que tienen y lo que son capaces de hacer, tocando a medio gas es frustrante. En cualquier caso, el grueso del bochorno recaía de pleno en George Clark, un cantante que pese a su narcisismo indisimulado siempre mostró una técnica gutural impecable que se echaba al grupo a la espalda. Verle convertido en una especie de Brandon Flowers de mercadillo, desplegar como siempre sus poses de flipado en temas tan inofensivos y, para colmo, cantar fuera de tono y en un registro que no le favorece en absoluto fue impactante. Vale, al final tocaron temas antiguos y gracias a eso salvaron los muebles. Pero como sea este el camino que han decidido seguir en el futuro...


Lo mejor, para el final. Porque no se me ocurre mejor manera de clausurar un festival que con una de mis bandas fetiche. Era la tercera vez que iba a ver a Godspeed You! Black Emperor y muy mal se tenía que dar para que el suyo no fuera uno de los mejores recuerdos que me llevara de este AMFest. Y desde luego que no me decepcionaron. Ni siquiera con un setlist centrado en sus dos últimos discos, muy lejos de la grandiosidad de sus primeras referencias. Con ellos delante uno puede simplemente cerrar los ojos y dejarse llevar. Disfrutar de la nitidez del sonido, percibir los matices, los cambios, resonar con esas composiciones que parecen simples por ser tan sencillas, pero que esconden una complejidad sin igual. En La Farga aquello me sonó a música celestial y nos regalaron para terminar 'The Sad Mafioso', uno de sus temas legendarios, y fue el éxtasis que necesitaba para cerrar por todo lo alto este capítulo.

El AMFest es una familia. Unos cuantos amigos que se juntaron para poner en marcha el festival al que siempre quisieron asistir. No solo por el tipo de grupos que tocan. Es por todo. Porque sus 6.000 asistentes de este año permiten celebrarlo en un recinto cerrado para que las bandas se vean en las mismas condiciones que en una sala. Sin masificaciones. Sin esperas al sol. Porque no traen a 200 bandas sino a 30, pero qué 30. Y sin retrasos. Y sin solapes. Porque los precios son justos. Porque hay baños para todos y están siempre limpios. Porque es un espacio seguro para las mujeres, como demuestra que el punto lila no registró ninguna incidencia en los cuatro días de festival. Y para todo el mundo. Y esto pasa porque el público lo sabe, lo entiende y lo valora: el AMFest no tiene a una multinacional detrás, el AMFest está siempre en peligro de extinción. Y si queremos que siga existiendo, tenemos que poner todas de nuestra parte.

El domingo me dejó una anécdota tonta que lo ilustra perfectamente. Mientras esperábamos a Godspeed You! Black Emperor, dos chicos muy altos accedieron al meollo situando sus voluminosos cuerpos justo delante de la pareja que tenía a mi lado desde hacía un buen rato. La chica me miró exclamando "¡es que no falla!", lo que me permitió adivinar que aquella experiencia no era nueva. Con calma, su chico habló con los dos fornidos muchachos y estos se disculparon y se situaron un par de metros más atrás. Este, y no otro, es el ambiente que yo quiero en mi festival. El AMFest.

Tras un fin de semana accidentado, tocaba hacer la maleta y subir al tren de vuelta de aquella ida que nunca fue. Nada más entrar en el vagón, una señora con acento argentino me pidió ayuda para colocar su equipaje en el maletero. Cuando le indiqué cómo podíamos elevar la pesada carga en entre los dos, me percaté de que cuando dijo que le ayudara se refería a que lo hiciera yo. Esta mujer se sentó junto a mí y me comentó que ese no era su sitio, pero que se iba a quedar ahí porque total, qué más daba. A cada persona que iba tomando su asiento a nuestro alrededor le contaba la misma historia, que aquel no era su sitio pero se iba a quedar ahí porque total, son todos iguales. A nadie le importó hasta que llegó la revisora, una joven que le pidió por favor en varias ocasiones que se fuera a su asiento. Que no quería esperar a ver si en la siguiente parada subía alguien con esa plaza asignada, que se tenía que ir. Y ante la negativa, se sacó de la manga un argumento tan inesperado como definitivo que me tuvo sonriendo todo el resto del trayecto: que si el tren se estrellaba y moríamos todos, no iban a poder identificar su cadáver al no estar en el asiento correspondiente. Llevaba tres días en el festival de música incómoda y el comentario más heavy se lo escuché a la empleada de una línea ferroviaria en acto de servicio.

Pues ni por esas... Todavía al bajar del tren seguía la mujer dándome la tabarra y allí pude decir en voz alta lo de "¡señora, suélteme el brazo!".

Imágenes: Jordi Bertran Hermosilla / AMFest

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